Reflexiones sobre la maternidad

Las mejores cosas y las más bellas del mundo no pueden ser vistas, ni siquiera tocadas. Deben sentirse con el corazón.

Helen Keller

La gardenia blanca

Todos los años, desde que tuve doce, alguien me enviaba anónimamente una gardenia blanca a casa en el día de mi cumpleaños. Nunca venía acompañada de una tarjeta o nota, y las llamadas a la florería resultaban inútiles porque la adquisición siempre era en efectivo. Después de un tiempo, renuncié a tratar de descubrir la identidad del desconocido. Sólo me deleitaba con la belleza y el fuerte perfume de aquella flor mágica, blanca y perfecta, anidada en los pliegues de un suave papel de seda rosado.

Pero nunca dejé de imaginar quién podría ser el remitente. Pasaba algunos de mis momentos más felices soñando despierta con alguien maravilloso y emocionante, pero demasiado tímido o excéntrico como para revelar su identidad. Durante mi adolescencia, me divertía especulando con que podría ser un muchacho del que estaba enamorada, o incluso alguien a quien no conocía y que se había fijado en mí.

Mi madre a menudo participaba en esas especulaciones. Me preguntaba si había alguien con quien hubiera tenido una bondad especial, que me quisiera manifestar anónimamente su gratitud. Me recordaba las ocasiones en que yo paseaba en mi bicicleta y la vecina llegaba con el auto lleno de comestibles y de niños: siempre la ayudaba a descargar las cosas y me aseguraba de que los niños no corrieran hacia la calle. O, quizás, el misterioso remitente era el anciano que vivía al otro lado de la calle, ya que a menudo solía llevarle su correo para que no tuviera que aventurarse a bajar los escalones cubiertos de hielo.

Mi madre se esforzaba por estimular mi imaginación a propósito de la gardenia. Deseaba que sus hijos fuesen creativos. Y también que nos sintiéramos apreciados y amados, no sólo por ella, sino por todo el mundo.

Cuando tuve diecisiete años, un muchacho rompió mi corazón. La noche en que me llamó por última vez, me dormí llorando. A la mañana siguiente, había un mensaje sobre el espejo, borroneado con lápiz de labios rojo: “Debes saber que cuando los semidioses parten, llegan los dioses”. Pensé en esta cita de Emerson durante largo tiempo, y la dejé en el sitio donde la había escrito mi madre hasta que mi corazón sanó. Cuando finalmente limpié el espejo, mi madre supo que todo estaba bien otra vez.

Pero había heridas que ella no podía sanar. Un mes antes de terminar la escuela secundaria, mi padre murió súbitamente de un infarto. Mis sentimientos oscilaban entre el dolor y la carencia, el temor, la desconfianza y una inmensa ira porque mi padre estaría ausente en algunos de los acontecimientos más importantes de mi vida. Perdí todo interés en la graduación que se aproximaba, en la obra de teatro de los estudiantes de último año y en la fiesta de despedida, acontecimientos todos ellos en los que había trabajado y que esperaba con ilusión. Incluso consideré la posibilidad de quedarme en casa en lugar de ir a la universidad en otra ciudad, porque allí me sentía más segura.

Mi madre, en medio de su propia pena, no quería oír hablar de que me dejaría todas estas cosas. El día antes de la muerte de mi padre, ella y yo fuimos a comprar un vestido para la fiesta, y encontramos el más espectacular: metros y metros de velo suizo en rojo, azul y blanco. Usarlo me hacía sentir como Scarlett O’Hará. Pero no era de mi talla y, al morir mi padre al día siguiente, me olvidé de él.

Mi madre no lo olvidó. La víspera de la fiesta de graduación, encontré el vestido —de la talla correcta— esperándome sobre el sofá de la sala, majestuosamente envuelto y presentado de una manera artística y amorosa. Quizás a mí no me interesara tener un vestido nuevo, pero a mi madre sí.

Le importaba cómo nos sentíamos acerca de nosotros mismos. Nos infundió un sentido mágico del mundo y nos dio la capacidad de apreciar la belleza incluso ante la adversidad.

Deseaba que sus hijos fueran como la gardenia: bellos, fuertes, perfectos, con un aura de magia y quizás algo de misterio.

Mi madre murió cuando yo tenía veintidós años, sólo diez días después de mi boda. Aquel año dejaron de llegar las gardenias.

Marsha Arons

 

La otra mujer

 

Después de veintiún años de matrimonio, descubrí una nueva manera de mantener viva la chispa del amor y de la intimidad en mi relación con mi esposa.

Desde hace poco, había comenzado a salir con otra mujer. En realidad, había sido idea de mi esposa.

—Tú sabes que la amas —me dijo un día, tomándome por sorpresa—. La vida es demasiado corta. Debes dedicar tiempo a la gente que amas.

—Pero yo te amo a ti —protesté.

—Lo sé. Pero también la amas a ella. Es probable que no me creas, pero pienso que si ustedes dos pasan más tiempo juntos, esto nos unirá más a nosotros.

Como de costumbre, Peggy estaba en lo cierto.

La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo visitara, era mi madre.

Mi madre es una viuda de 71 años, que ha vivido sola desde que mi padre murió hace diecinueve años. Poco después de su muerte, me mudé a California, a 3.700 kilómetros de distancia, donde comencé mi propia familia y mi carrera. Cuando de nuevo me mudé cerca del pueblo donde nací, hace cinco años, me prometí que pasaría más tiempo con ella. Pero las exigencias de mi trabajo y mis tres hijos hacían que sólo la viera en las reuniones familiares y durante las fiestas.

Se mostró sorprendida y suspicaz cuando la llamé para sugerirle que saliéramos a cenar y al cine.

— ¿Qué te ocurre? ¿Vas a volver a mudarte con mis nietos? —me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer que, cuando cualquier cosa se sale de lo común —una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresiva de su hijo mayor— piensa que es indicio de malas noticias.

—Creí que sería agradable pasar algún tiempo contigo —le respondí—. Los dos solos.

Reflexionó sobre ello un momento.

—Me agradaría —dijo—. Me agradaría muchísimo.

Mientras conducía hacia su casa el viernes después del trabajo, me encontraba algo nervioso. Era el nerviosismo que antecede a una cita… y ¡por Dios! lo único que estaba haciendo era salir con mi madre.

¿De qué hablaríamos? ¿Y si no le gustaba el restaurante que yo había elegido? ¿O la película? ¿Y si no le gustaba ninguno de los dos?

Cuando llegué a su casa, advertí que ella también estaba muy emocionada con nuestra cita. Me esperaba en la puerta, con su abrigo puesto. Se había rizado el cabello. Sonreía.

—Les dije a mis amigas que iba a salir con mi hijo, y se mostraron muy impresionadas —me comentó mientras subía a mi auto—. No pueden esperar a mañana para escuchar acerca de nuestra velada.

No fuimos a un sitio elegante, sino a un restaurante del vecindario donde pudiéramos hablar. Cuando llegamos, se aferró a mi brazo —en parte por afecto, en parte para ayudarse con los escalones para entrar—.

Cuando nos sentamos, tuve que leerle el menú. Sus ojos sólo ven grandes figuras y grandes sombras. Cuando iba por la mitad de las entradas, levanté la vista. Mamá estaba sentada al otro lado de la mesa, y me miraba. Una sonrisa nostálgica se le delineaba en los labios.

—Era yo quien leía el menú cuando eras pequeño —me dijo.

De inmediato comprendí qué quería decir. Nuestra relación cerraba el círculo: antes era ella la que me cuidaba a mí y ahora era yo quien cuidaba de ella.

—Entonces es hora de que te relajes y me permitas devolver el favor —le respondí.

Durante la cena tuvimos una agradable conversación. Nada extraordinario, sólo ponernos al día con la vida del otro. Hablamos tanto que nos perdimos el cine. —Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas invitar —dijo mi madre cuando la llevé a casa. Asentí.

— ¿Cómo estuvo tu cita? —quiso saber mi esposa cuando llegué aquella noche.

—Muy agradable… mucho más de lo que imaginé —contesté.

Sonrió con su sonrisa de ya-te-lo-dije.

Desde entonces, veo a mamá con regularidad. No salimos todas las semanas, pero tratamos de vernos al menos un par de veces al mes. Siempre cenamos y en algunas ocasiones también vamos al cine. La mayoría de las veces, sin embargo, sólo hablamos. Le cuento acerca de mis problemas cotidianos en el trabajo. Me ufano de mis hijos y de mi esposa. Ella me cuenta los chismes de la familia, con los que al parecer nunca estoy al día.

También me habla de su pasado. Ahora sé lo que significó para ella trabajar en una fábrica durante la Segunda Guerra Mundial. Sé cómo conoció allí a mi padre y cómo alimentaron un noviazgo de tranvía en aquellos tiempos difíciles. A medida que escucho estas historias, me doy cuenta de la importancia que tienen para mí. Son mi propia historia. Nunca me canso de oírlas.

Pero no sólo hablamos del pasado. También hablamos del futuro. Debido a sus problemas de salud, mi madre se preocupa por el porvenir.

—Tengo tanto por vivir —me dijo una noche—. Necesito estar presente mientras crecen mis nietos. No quiero perderme nada.

Como muchos de los amigos de mi generación, tiendo siempre a correr y lleno mi agenda hasta el tope mientras lucho por hacerles lugar en mi agitada vida a mi carrera, mi familia y mis relaciones. A menudo me quejo de la rapidez con que pasa el tiempo. Dedicar algunas horas a mi madre me ha enseñado la importancia de tomar las cosas con calma. Por fin comprendí el sentido de una expresión que he escuchado un millón de veces: “tiempo de calidad”.

Peggy estaba en lo cierto. Sin duda, salir con otra mujer ha ayudado a mi matrimonio. Ha hecho de mí un mejor esposo, un mejor padre y, espero, un mejor hijo.

Gracias, mamá. Te amo.

David Farrell

 

Pequeños vagones rojos

 

Para ser totalmente sincera, el primer mes fue maravilloso. Cuando Jeanne, Julia, Michael —de seis, cuatro y tres años— y yo nos mudamos de Missouri a mi pueblo de origen al norte de Illinois, el mismo día en que obtuve el divorcio, sólo me alegré de encontrar un lugar donde no hubiera peleas ni abuso.

Pero un mes más tarde comencé a echar de menos a mis viejos amigos y vecinos. Extrañaba nuestra bella casa moderna de ladrillo estilo campo, en los suburbios de St. Louis, especialmente después de habernos instalado en una casa alquilada de madera blanca, que databa de un siglo, la única que podía pagar con mis ingresos después del divorcio.

Antes teníamos todas las comodidades: lavadora, secadora, lavaplatos, auto y televisión. Ahora no teníamos nada de esto. Después del primer mes en nuestro nuevo hogar, me parecía que habíamos pasado de la comodidad de la clase media al pánico de la pobreza.

Las habitaciones del segundo piso de nuestra vieja casa ni siquiera tenían calefacción, pero de alguna manera los niños no parecían advertirlo. Los pisos de linóleo, fríos para sus pequeños pies, los animaban a vestirse con mayor rapidez en las mañanas y a irse a la cama más rápidamente en las noches.

Cuando el viento de diciembre se colaba por cada una de las ventanas y puertas de aquella vieja casona, me quejaba del frío. Pero los niños se reían de “lo extraño que era el aire rondando por todos lados” y se arropaban en los pesados edredones que la tía Bernadine había traído cuando nos mudamos.

Sin televisor, estaba desesperada. “¿Qué haremos en las tardes sin nuestros programas favoritos?”, me preguntaba. Sentía que estaba traicionando a los niños porque se perderían todos los programas especiales de Navidad. Pero mis tres hijos eran mucho más optimistas y creativos que yo. Buscaron sus cajas de juguetes y me rogaron que jugáramos a las cartas y a su juego preferido.

Nos acomodamos en el harapiento sofá gris que el dueño de casa nos había suministrado y leímos uno tras otro los libros de ilustraciones que nos prestaban en la biblioteca pública. Poníamos discos, cantábamos, hacíamos palomitas de maíz, construíamos magníficas torres de fichas y jugábamos al escondite en la vieja casa decrépita. Los niños me enseñaron a divertirme sin televisión.

Un frío día de diciembre, sólo una semana antes de Navidad, después de caminar de regreso a casa desde mi puesto temporario en una tienda de ventas por catálogo, recordé que aquella tarde debía lavar la ropa de la semana. Estaba agotada de levantar y clasificar los regalos de Navidad de otras personas y algo amargada, pues sabía que apenas podría comprar unos pocos regalos para mis hijos.

En cuanto fui a buscarlos a la casa de la niñera, apilé cuatro canastos de ropa sucia en su pequeño vagón rojo y los cuatro nos dirigimos a la lavandería más cercana.

Cuando entramos, primero tuvimos que aguardar a que las lavadoras estuviesen libres, y luego, a que lo mismo ocurriera con las mesas para plegar la ropa. Seleccionar, lavar, secar y doblar la ropa nos tomó más tiempo del habitual. Jeanne me preguntó:

—¿Trajiste pasas de uva o galletas, mamita?

—No. Cenaremos en cuanto lleguemos a casa —le respondí con impaciencia.

La nariz de Michael estaba apretada contra la ventana llena de vapor.

—¡Mira, mamita! —exclamó—. ¡Está nevando! ¡Copos grandes!

Julia añadió:

—La calle está toda mojada. ¡Nieva en el aire, pero no en el suelo!

Su entusiasmo sólo me irritó más. Como si el frío no fuese suficiente, ahora deberíamos enfrentarnos a la nieve y al barro. Ni siquiera había desempacado todavía sus botas y guantes.

Cuando la ropa estuvo lavada, doblada y apilada en los canastos, la colocamos en el pequeño vagón rojo. Afuera estaba oscuro. ¿Las seis y media ya? ¡Con razón tenían hambre! Por lo general cenamos a las cinco.

Los niños y yo avanzamos paso a paso en la fría tarde y nos deslizamos por la enlodada acera. La procesión —tres niños, una madre encorvada y cuatro canastos de ropa limpia en un viejo vagón rojo— se movía con lentitud mientras nos azotaba el viento helado.

Cruzamos la atestada calle de cuatro carriles por las líneas de demarcación. Cuando llegamos a la acera de enfrente, las ruedas delanteras del vagón resbalaron en el hielo y lo inclinaron hacia un costado. La ropa se esparció en un pozo negro de lodo.

—¡Oh no! —gemí—. ¡Levanta los canastos, Jeanne! Julia, ¡sostén el vagón! ¡Sube de nuevo a la acera, Michael! A golpes, metí la ropa sucia y húmeda en los canastos.

—¡Esto es espantoso! —exclamé. Furiosas lágrimas rodaban de mis ojos. Odiaba ser pobre, no tener un auto, una lavadora, una secadora. Odiaba el clima. Odiaba ser la única de la pareja que quiso responsabilizarse de los niños. Y, sin duda, odiaba toda la maldita época de Navidad.

Cuando llegamos a casa, abrí la puerta, lancé mi bolso por el aire y me marché a mi habitación para llorar a solas.

Sollozaba lo suficientemente fuerte como para que los niños me escucharan. En una actitud egoísta, deseaba que supieran qué infeliz me sentía. La vida no podía ser peor. La ropa estaba sucia de nuevo, todos estábamos hambrientos y fatigados, no había comenzado a preparar la cena, y no tenía esperanzas de un futuro mejor.

Cuando finalmente dejé de llorar, me senté y contemplé la placa de madera de Jesús que había colgado de la pared a los pies de mi cama. Tenía esta placa desde mi niñez y la llevé conmigo a todas las casas donde había vivido. Mostraba a Jesús con los brazos extendidos sobre la Tierra, obviamente solucionando los problemas del mundo. Permanecí contemplando su rostro, esperando un milagro. Miraba y aguardaba. Por último, dije en voz alta:

—Dios, ¿no puedes hacer nada para mejorar un poco mi vida?

Deseaba con desesperación que un ángel bajara del cielo en una nube y me rescatara.

Pero nadie vino… excepto Julia, quien se asomó por la puerta de la habitación y, con su vocecita de niña, me dijo que ya había puesto la mesa para la cena.

Podía escuchar a Jeanne en el salón, clasificando la ropa en dos pilas: “muy sucia, más o menos limpia, muy sucia, más o menos limpia”.

Michael entró a mi habitación y me regaló un dibujo de la primera nevada que acababa de colorear.

Y ¿saben?, en aquel momento no vi a un ángel, sino a tres ante mí: tres pequeños querubines eternamente optimistas, que me sacaban de nuevo de mi melancolía y desesperación para llevarme al mundo de “mañana las cosas serán mejores, mamita”.

Aquel año la Navidad fue mágica, pues nos rodeamos de un tipo de amor muy especial, basado en la alegría de hacer tareas sencillas juntos. Una cosa es segura: de ahí en más, ser una madre sola nunca fue tan temible ni deprimente como la tarde en que la ropa se cayó del vagón rojo. Aquellos tres ángeles de Navidad han mantenido mi espíritu en alto; incluso hoy, más de veinte años después, continúan llenando mi corazón con la presencia de Dios.

Patricia Lorenz

 

Cambiará tu vida

 

A mi amiga se le está terminando el tiempo. Mientras almorzábamos, mencionó al pasar que ella y su esposo estaban pensando en “comenzar una familia”. Lo que quiere decir es que su reloj biológico avanza y se ve obligada a considerar la posibilidad de ser madre.

—Estamos haciendo una encuesta —me dijo medio en broma— ¿Tú crees que debiéramos tener un hijo?

—Cambiará tu vida —dije cautelosamente, en tono neutral.

—Ya lo sé —respondió—. No dormiré los sábados, no habrá más vacaciones imprevistas…

Pero no era eso lo que quise decirle. La miré, tratando de decidir qué le contestaría.

Quiero que sepa lo que nunca aprenderá en las clases de preparación para el parto. Quiero transmitirle que las heridas físicas que deja un embarazo se curan, pero ser madre deja, una herida emocional tan fuerte que desde entonces una siempre es vulnerable.

Pienso advertirle que nunca leerá de nuevo los diarios sin preguntarse: “¿Y si hubiera sido mi hijo?”. Que cada accidente aéreo, cada incendio la atormentarán. Que cuando vea fotografías de niños que se mueren de hambre, se preguntará si puede haber algo peor que ver morir a un hijo.

Contemplo sus uñas cuidadosamente pintadas y su traje elegante y pienso que, por sofisticada que sea, el hecho de ser madre la reducirá al nivel más primitivo, el de una osa que protege a su cría. Que al grito de “¡Mamá!” dejará caer un plato recién horneado o su mejor juego de copas de cristal, sin vacilar un segundo.

Creo que debo señalarle que a pesar de todos los años que haya dedicado a su carrera, la maternidad descarrilará su profesión. Es posible que consiga quien cuide del niño, pero un día, cuando se disponga a salir para una importante reunión de negocios, pensará en el dulce aroma de su bebé. Tendrá que echar mano de toda su disciplina para no correr a casa, sólo para asegurarse de que todo está bien.

Quiero que mi amiga sepa que las decisiones cotidianas ya no serán una rutina. Que cuando un niño de cinco años desea ir al baño de los hombres y no al de las mujeres en un restaurante, esto se convertirá para ella en un importante dilema. Que allí mismo, en medio del ruido de los cubiertos y los gritos de los niños, los problemas de la independencia y de la identidad de género tendrán que ser sopesados contra la posibilidad de que algún pervertido se esconda en el baño de los hombres. No importa las decisiones que pueda adoptar sin dificultad en su oficina, como madre nunca estará completamente segura de sus decisiones.

Miro a mi atractiva amiga y quiero asegurarle que, con el tiempo, perderá los kilos que haya ganado durante el embarazo, pero nunca se sentirá igual acerca de sí misma. Que su vida, tan importante ahora para ella, no tendrá tanto valor cuando tenga un hijo; que renunciaría a ella en un instante para salvar la de su criatura, pero también que empezará a desear vivir más tiempo, no para realizar sus propios sueños, sino para ver que su hijo realice los suyos. Quiero que sepa que la cicatriz de una cesárea o las brillantes estrías que queden en su vientre se convertirán en medallas de honor.

La relación de mi amiga con su esposo cambiará, pero no de la manera como ella cree. Deseo que pueda comprender cuánto más podemos llegar a querer a un hombre que le cambia los pañales al bebé o que nunca duda en jugar con sus hijos. Creo que debe saber que se enamorará de nuevo de su esposo por razones que ahora le parecerían muy poco románticas.

Desearía que mi amiga pudiera sentir el vínculo que experimentará con las mujeres que a través de la historia han intentado desesperadamente poner fin a la guerra, los prejuicios de todo tipo y a los conductores ebrios. Espero que comprenda por qué, si bien soy capaz de pensar racionalmente acerca de la mayor parte de los problemas, pierdo transitoriamente la razón cuando discuto la amenaza de una guerra nuclear pensando en el futuro de mis hijos.

Quiero describirle a mi amiga la emoción que sentirá al ver a su hijo aprender a jugar al fútbol o a batear. Desearía capturar para ella la risa profunda de un niño que por primera vez toca el suave pelambre de un perro.

Entonces me inclino sobre la mesa, oprimo la mano de mi amiga y hago una oración por ella, por mí y por todas las mujeres, simples mortales, que llegan a los tumbos al camino que les fija la más sagrada de las vocaciones.

Dale Hanson Bourke

 

Mientras te miro dormir

 

Mi precioso niño, me he deslizado en tu habitación para acompañarte mientras duermes y observar el ritmo de tu respiración por un rato. Tus ojos están cerrados serenamente y tus suaves rizos rubios enmarcan tu rostro angelical. Hace sólo unos momentos, cuando trabajaba en mi estudio, una tristeza creciente me invadió al pensar en los acontecimientos del día. Ya no podía fijar mi atención en el trabajo, así que vine a conversar contigo en silencio, mientras descansas.

En la mañana me impacienté contigo porque holgaza-

neabas y te vestías con lentitud. Te dije que dejaras de ser tan perezoso. Te reñí por perder tu boleto del almuerzo, y terminé el desayuno con una mirada de desaprobación porque te habías ensuciado la camisa. “¿De nuevo?” suspiré, y sacudí la cabeza. Sólo sonreiste mansamente y dijiste: “Adiós, mamita”.

En la tarde hice llamadas por teléfono mientras jugabas en tu habitación, cantabas y actuabas con todos tus muñecos alineados alegremente sobre la cama. Irritable, te hice señas para que te callaras y dejaras de hacer ruido, y luego procedí a pasar otra hora ocupada en el teléfono.

“Haz tus deberes ahora mismo”, te ordené luego como un sargento, “y deja de perder el tiempo”. “Está bien, mamá”, dijiste apenado, acomodándote en tu escritorio con el lápiz en la mano. Luego en tu habitación se hizo silencio.

A la tarde, cuando estaba trabajando, te acercaste vacilante. “Mamita, ¿me lees un cuento esta noche?”, preguntaste con una vislumbre de esperanza. “Esta noche no”, te respondí abruptamente, “¡tu habitación está desordenada! ¿Cuántas veces tengo que recordártelo?”. Te fuiste con la cabeza gacha y te dirigiste a tu habitación. Poco después regresaste, atisbando por la puerta. “¿Qué quieres ahora?”, pregunté agitada.

No dijiste una palabra, sólo entraste saltando a la habitación, me pusiste los brazos alrededor del cuello y me diste un beso en la mejilla. “Buenas noches, mamita, te amo”, fue lo único que dijiste, y me apretaste muy fuerte. Luego, tan rápido como habías entrado, desapareciste.

Permanecí con los ojos fijos en mi escritorio largo rato, sintiendo que una oleada de remordimiento me invadía. ¿En qué momento había perdido el ritmo del día, me preguntaba, y a qué costo? No habías hecho nada para ponerme en ese estado de ánimo. Sólo te portabas como un niño, ocupado en crecer y aprender. Yo pasé el día entero sumida en el mundo adulto de las responsabilidades y las exigencias, y tenía poca energía para darte. Hoy fuiste mi maestro, con tu impulso irrestricto de entrar y darme un beso de las buenas noches, incluso después de una jornada difícil en la que procuraste no molestarme.

Y ahora, cuando te miro dormir profundamente, anhelo que el día comience de nuevo. Mañana me trataré a mí misma con la comprensión que tú me has demostrado hoy, para ser una verdadera mamá, ofrecerte una cálida sonrisa cuando despiertes, una palabra de ánimo después de la escuela, un cuento divertido antes de irte a la cama.

Reiré cuando rías y lloraré cuando llores. Recordaré que eres un niño, no un adulto, y disfrutaré por ser tu madre. Tu espíritu animoso me ha tocado y por eso en esta hora tardía vengo a ti para agradecerte, querido hijo, mi maestro y amigo, el regalo de tu amor.’

Diane Loomans

 

Escapar

 

Un día muy agitado, cuando mi esposo y yo estábamos ocupados en muchas cosas, tuvimos que reprender a nuestro hijo de cuatro años, Justin Cari, por hacer travesuras. Después de varios intentos, George, mi esposo, le ordenó que se parara en el rincón. Permaneció en silencio, pero no parecía muy contento. Después de algunos momentos, finalmente dijo:

—Voy a escaparme de casa.

Mi primera reacción fue de sorpresa, y sus palabras me enojaron.

—¿De veras vas a hacer eso? —le pregunté. Pero al darme vuelta para mirarlo parecía un ángel, tan pequeño e inocente y con su expresión tan triste.

Sentí un dolor en el corazón, y recordé una situación de mi infancia en la que había pronunciado las mismas palabras; creía que no me amaban y me sentía muy sola. Él estaba diciendo mucho más de lo que expresaban sus palabras. Desde su interior, nos gritaba: “No se atrevan a ignorarme. Por favor, ¡préstenme atención! Yo también soy importante. Háganme sentir que me quieren, que me aman incondicionalmente y me necesitan”.

—Está bien, Jussie, puedes escapar de casa —susurré con ternura mientras seleccionaba su ropa—. Necesitarás pijamas, tu abrigo…

—Mamá —dijo—, ¿qué haces?

—También necesitaremos mi abrigo y mi camisa de dormir.

Empaqué estas cosas en una bolsa y las coloqué en la puerta.

—Bien, Jussie, ¿estás seguro de que quieres escaparte de casa? —Sí, pero ¿adonde te vas tú?

—Pues si vas a escapar de la casa, mamá irá contigo, porque no quiero que estés nunca solo. Te amo demasiado, Justin Cari.

Nos abrazamos.

—¿Por qué quieres venir conmigo? —me inquirió. Lo miré a los ojos.

—Porque te amo, Justin. Mi vida nunca sería igual si te marcharas. Y deseo asegurarme de que estarás bien. Si te vas, iré contigo.

—¿Puede venir papá?

—No, él debe quedarse en casa con tus hermanos, con Erickson y Trevor. Tendrá que trabajar y cuidar de la casa cuando no estemos.

—¿Puede venir Freddi (el ratón)?

—No, Freddi también debe quedarse aquí.

Pensó un rato y dijo:

—Mamá, ¿podemos quedarnos en casa?

—Sí, Justin, podemos quedarnos.

—¿Sabes una cosa, mamá?

—¿Qué, Justin?

—Te quiero mucho.

—Yo también, cariño. ¿Me ayudas a hacer unas palomitas de maíz?

—Bueno.

En aquel momento comprendí que me había sido dado el maravilloso don de la maternidad, y que la sagrada responsabilidad de ayudar a desarrollar la seguridad y la autoestima de un niño no es algo que deba tomarse a la ligera. Comprendí que en mis brazos sostenía el don precioso de la infancia; una bella pieza de barro que se mostraba dispuesta y gustosa a que la mimaran y la moldearan hasta crear una maravillosa obra de arte, un adulto confiado. Aprendí que como madre nunca debía dejar “escapar” la oportunidad de mostrarles a mis hijos que eran queridos, importantes, y el más precioso don de Dios.

Lois Krueger

 

Dar el don de la vida

 

Hace poco abriste los ojos, pero ahora sólo quieres dormir. Quisiera que abrieras los ojos y me miraras. Mi hijo, mi tesoro, mi ángel enviado del cielo… será la última vez que estemos juntos. Mientras te abrazo y siento tu pequeño cuerpo cálido contra el mío, te miro y te miro… siento como si mis ojos no pudieran saciarse de ti. Eres un ser humano tan pequeño, pero hay mucho de ti para mirar… en tan poco tiempo. En unos pocos minutos vendrán y te apartarán de mí. Pero ahora es nuestro tiempo de estar juntos y me perteneces sólo a mí.

Tus mejillas están lastimadas por el parto… las siento tan suaves en mis dedos, como las alas de una mariposa. Tus cejas están fruncidas por la concentración… ¿estás soñando? Tienes demasiadas pestañas para contarlas y sin embargo, deseo grabarlas a todas en mi mente. No quiero olvidar nada de ti. ¿Es normal que respires tan rápido? No sé nada acerca de bebés; quizá nunca lo sepa. Pero de algo estoy segura: te amo con todo mi corazón. Te amo tanto y no tengo forma de decírtelo. Espero que algún día comprendas. Te voy a regalar porque te amo. Quiero que tengas en tu vida todas las cosas que nunca pude tener en la mía: seguridad, compasión, alegría y aceptación. Quiero que te amen por lo que eres.

Quisiera volver a tenerte dentro de mí, no estoy preparada para dejarte ir. Si pudiera abrazarte así por siempre y nunca enfrentar el mañana… ¿estaría todo bien? No. Sé que todo sólo estará bien si te dejo ir. No esperaba sentirme así… no sabía que serías tan bello y perfecto. Siento como si me arrancaran el corazón del cuerpo. No sabía que sentiría tanto dolor.

Mañana vendrán tus padres al hospital para llevarte y comenzarás tu vida. Oro para que me hablen de ti. Espero que sepan qué valiente he sido. Espero que te digan cuánto te he amado, porque yo no estaré ahí para decírtelo. Todos los días lloraré en algún lugar dentro de mí, por lo mucho que te extraño. Espero verte de nuevo alguna vez, pero quiero que crezcas fuerte y bello y que tengas todo lo que desees. Quiero que tengas un hogar y una familia. Quiero que algún día tengas tus propios hijos y que sean tan bellos como tú. Espero que trates de comprender y no me guardes rencor.

La enfermera entra a la habitación y te tiende los brazos. ¿Debo dejarte ir? Siento tu corazón que late con rapidez y finalmente abres los ojos. Me miras con confianza e inocencia y unimos nuestros corazones. Te entrego a la enfermera. Siento que podría morir. Adiós, mi bebé… un pedazo de mi corazón estará siempre y por siempre contigo. Te amo, te amo, te amo…

Patty Hansen

 

El Día de la Madre

 

Un día, cuando tenía cerca de treinta años, me encontraba en una iglesia del Medio Oeste y de pronto rompí a llorar. Era el Día de la Madre y señoras de todas las formas y tamaños, jóvenes y ancianas, eran aplaudidas por sus familias y por la congregación. Cada una de ellas recibió una linda rosa y regresó a su asiento, donde yo me encontraba con las manos vacías. Con pena en el alma, estaba convencida de que había perdido la oportunidad de esa gran aventura, de pertenecer a esa selecta hermandad de las “madres”.

Todo esto cambió un mes de febrero, cuando cercana ya a los cuarenta años y empujando con todas mis fuerzas di a luz a Gabriel Zacarías. Me tomó veinticuatro horas de parto producir aquel pequeño bulto de felicidad de menos de tres kilos. ¡Con razón recibían flores aquellas señoras!

Cualquier madre que ha sobrevivido a un parto se maravilla de estar dispuesta a pasar por otro. Jordán Rafael nació en marzo del año siguiente. Era más pequeño y el parto fue más breve, pero, de cualquier manera, me merecía las flores. La hermandad a la que me uní exige muchísimo trabajo.

Durante nueve meses tenemos antojos de comidas extrañas que no podemos mantener en el estómago; ganamos peso de una forma inexplicable; caminamos como si fuéramos en parte búfalos y en parte patos; necesitamos construcciones especiales de almohadas a la hora de ir a la cama para sostener el bulto y llenar el vacío, pero a la vez para evitar la presión en la vejiga; extensas estrías culminan en un parto insoportablemente doloroso.

Con el parto, ese período termina, pero la incorporación a la gran hermandad apenas comienza. Los dolorosos tirones en las cuerdas del corazón exceden en mucho todos los dolores físicos que hayamos soportado. La primera vez que mi hijo mayor se cortó y sangró, sus fiebres altas, su larga lucha contra la neumonía; el terror de mi hijo menor a los perros que ladran, su milagrosa salvación de un accidente de automóvil, la muerte de su mascota.

Aun cuando el período de iniciación parece demasiado largo, nunca termina. Me despierto cuando mis hijos tosen. Escucho caer a sus osos de peluche con un golpe suave al lado de su cama. En el mercado respondo a los niños que llaman “¡Mamá!”… ¡y luego comprendo que no son mis hijos!

Ya he superado la etapa de dejar el biberón, aprender a usar el baño, el primer día de escuela y la visita al odontólogo. Pronto vendrán los enamoramientos, las decepciones amorosas y la primera vez al volante del auto. Espero verlos algún día casados y felices con sus propios hijos. Ingresaré entonces a la hermandad aún más selecta de las “abuelas”.

Por ahora, la contraseña para entrar a mi corazón es “mamá” y les agradezco a mis hijos por ello. Especialmente en los días de su cumpleaños, y en particular el domingo especial que se les dedica a las madres. Mis hijos no comprenden cuánto aprecio esta extraordinaria pertenencia a la cofradía y no la celebran con flores a menos que yo se lo pida. Sin embargo, cada vez que damos un paseo, me cortan un capullo, “sólo porque sí”.

Este año aguardo con ilusión el Día de la Madre: la divina realización de lo físico, la gran aceptación de lo común, la exquisita gratitud de ver cómo ellos desarrollan su propia y única personalidad. Gracias a Gabriel y a Jordán, soy un miembro del Club que nunca deja de pagar sus cuotas ni de llevar consigo su tarjeta. ¡Feliz Día de la Madre para mí!

Sharon Nicola Cramer

 

Que así sea

 

En la mañana del 13 de mayo de 1993, mientras hablaba por teléfono mi secretaria me pasó una nota donde decía que mi hermana Judy me estaba esperando en la otra línea. Recuerdo haber pensado que era extraño que no me dejara el mensaje, pero respondí con un alegre “¡Hola!”.

Escuché que mi hermana sollozaba como si se le hubiera quebrado el corazón, luchando por serenarse lo suficiente para comunicarme la noticia. Una letanía de tragedias posibles atravesó mi mente. ¿Le habría ocurrido algo a la tía Chris o al tío Leo, nuestros amados padres sustitutos, que ahora tenían más de ochenta años? El esposo de Judy no estaba en la ciudad. ¡Dios mío, ojalá no le hubiera sucedido nada! Quizá no era tan terrible… es probable que Judy hubiera tenido algún problema en su trabajo.

Nada habría podido prepararme para las palabras que, finalmente, Judy pronuncio:

—Oh, Sunny, nuestro Tommy murió en un accidente de auto esta mañana.

No podía ser cierto. Tommy, mi sobrino adorado, el único hijo de Judy, estaba terminando su carrera en la

Universidad de Missouri. Como era un atleta, había optado por estudiar publicidad deportiva. Las dos hermanas de Tommy, Jen y Lisa, siempre habían idolatrado a su hermano mayor. Todos adorábamos a este joven alto y apuesto, de risa fácil y carácter amable. Tommy tenía toda la vida por delante, y mi mente se negaba a aceptar las palabras que acababa de escuchar. Estuve a punto de preguntar “¿Estás segura?”, pero mientras lo pensaba, supe que de otra manera Judy no me habría llamado.

Mis recuerdos de los días siguientes están rodeados por una niebla de irrealidad. Lynn, nuestra otra hermana y yo permanecimos junto a Judy y su familia durante todo ese tiempo; nos aferrábamos los unos a los otros para darnos apoyo. No sabía qué era más doloroso, si la pérdida de Tommy o ver a mi hermana actuar con valor siendo que su mundo había estallado en pedazos.

El día que hicimos los arreglos para el funeral fue especialmente difícil. A ninguna madre debería tocarle la horrible tarea de elegir el ataúd de su hijo. Judy deseaba tanto verlo por última vez, acariciarle la mano o los cabellos. Pero el director de la funeraria nos dijo que no podría ser: tendría que darle su adiós a aquel ataúd amorosamente elegido.

Esa misma tarde, mientras aún me encontraba en el jardín de la casa de mi hermana, pedí a mi sobrino que nos enviara una señal de que estaba bien… que nos hiciera saber, de alguna manera, que había partido hacia algo más maravilloso que la vida que concebíamos para él aquí en la Tierra. “Cariño —le expresé—, ¿puedes hacernos saber que estás bien?”.

No puedo decir que yo crea en “señales”, pero cuando el corazón está tan dolido, busca alivio a su manera. El equipo de béisbol predilecto de Tommy era el de los Cardenales de St. Louis, así que le pedí que nos enviara un cardenal. Al recordar aquel momento, en ese jardín tan lleno de la infancia de Tommy, reparo en que fue sólo un pensamiento pasajero: “Por favor, haznos saber que te encuentras bien. La señal que esperaré es un cardenal”.

Judy había planeado con cuidado el funeral de su hijo para que fuese una celebración de su vida. A solicitud mía, había incluido la bella canción de Paul McCartney, “Let it Be”. Sus primos oficiaron como acólitos y leyeron la Biblia con valor. El joven sacerdote que condujo la misa tuvo que contener sus lágrimas toda la mañana.

En un momento dado, cuando el sacerdote hizo una pausa para serenarse, un pájaro comenzó a cantar afuera. Su fuerte e insistente melodía se prolongó durante todo el servicio religioso.

Sin embargo, sólo más tarde registramos el mensaje de Tommy. Un amigo cercano nos llamó para comentarnos que el servicio funerario había sido muy hermoso, y dijo:

—Cuando aquel pájaro comenzó a cantar tan fuerte, volví la cabeza y ¡vi a un cardenal bellísimo en el alféizar de la ventana!

Había recibido mi señal.

Dos semanas más tarde, Paul McCartney vino a nuestra ciudad a ofrecer un concierto. Ya habíamos comprado las entradas para Tommy y otros miembros de la familia, y decidimos seguir adelante con nuestros planes. El día del concierto, a la mañana, mientras mi hermana Lynn se vestía para ir al trabajo y escuchaba su estación de radio predilecta, oyó a dos locutores referirse a la entrevista que esperaban realizar aquel día al famoso integrante de los Beatles.

Sin pensarlo, hizo algo completamente ajeno a sus costumbres: llamó a la radio y, de repente, se encontró narrando la historia de Tommy y nuestra tragedia, así como su gran afición por los Beatles. ¿Podrían hacerle llegar esta historia a Paul? Contestaron que no podían prometerle nada, pero lo intentarían.

Aquella noche, cuando nos instalamos para escuchar el concierto al aire libre en la clara y fresca tarde, nos unimos y abrigamos para darnos calor. Más de treinta mil personas se habían reunido allí para ese concierto espectacular. Paul McCartney se presentó sobre el trasfondo de un enorme despliegue de fuegos artificiales. Cuando terminó la primera canción, aguardó a que se hiciera silencio y dijo:

—Ahora, damas y caballeros, nuestra siguiente canción está dedicada a una familia muy especial que se encuentra entre el público, la familia de Tommy.

Y cantó “Let it Be” para mis dos hermanas, mis sobrinos y sobrinas y yo.

Mientras permanecíamos de pie con los brazos entrelazados, las lágrimas rodando por nuestras mejillas, se encendieron algunas velas y brillaron otras luces pequeñas en medio del público. Eran para todos nosotros, especialmente para nuestro Tommy.

K. Lynn Towse con Mary L. Towse

 

Milagro en Toronto

 

No tenía la más remota idea de qué me había llevado a dejar el calor de una cafetería por una helada cabina telefónica de Toronto. Me encontraba tomando tranquilamente una taza de café en esta ciudad extranjera, cuando de repente sentí el extraño pero irresistible impulso de buscar algo en la guía telefónica de la ciudad. Como no conocía a nadie allí, este impulso no tenía ningún sentido.

Soy inglesa, pero en aquella época vivía en Iowa. Necesitaba una visa de trabajo para residir en los Estados Unidos, y elegí viajar a Toronto pues en esa ciudad parecía estar el consulado más cercano. Y allí estaba, hojeando las páginas de una guía telefónica sin ninguna razón aparente. Mis dedos se detuvieron cuando llegué a Mclntyre.

No era un apellido desconocido para mí. Doce años atrás habían modificado las leyes de adopción en Inglaterra y finalmente me sentí preparada para buscar a mi verdadera madre. Mi búsqueda había dado como resultado tres datos acerca de ella: tenía el cabello rojo, había nacido cerca de Glasgow, y su nombre era Margaret Mclntyre Gray. No obstante, como mi búsqueda resultó infructuosa, intenté olvidarme del asunto.

Sin embargo, allí estaba, tan lejos de mi tierra natal, contemplando varias páginas llenas de Mclntyres. Había tantos nombres, incluso bajo Mclntyre, M. Sentí un sacudón. ¿Por qué estaba haciendo esto? Había visitado decenas de ciudades en el mundo y nunca me había visto llevada a leer la guía telefónica.

Luego, sin saber cómo, la guía se abrió en la página de los Gray. Mis ojos la recorrieron y se detuvieron al ver Gray, M. Mclntyre, 85 Lawton Boulevard, Toronto. Mi cerebro pareció detenerse en ese momento… lo único que podía escuchar era el latido de mi corazón. “Es ella, es ella”, me decía. Pero ¿por qué habría de serlo? Estaba en Canadá, y si por una extraña coincidencia ella se encontrara allí, probablemente se habría casado y llevaría un apellido diferente. Y aun en el caso de que la llamara, ¿qué podría decirle? No obstante, me sorprendí marcando el teléfono.

Lo único que pude escuchar al otro lado de la línea fue un extraño tono. Fuera de servicio. “He llegado demasiado tarde”, pensé. “Era ella, pero está muerta”. Llamé al servicio de reparaciones. Una voz muy cortés me informó:

—Hay un número para establecer contacto, pero es confidencial.

—Usted pensará que estoy loca —le dije inmediatamente—, pero creo que puede ser mi verdadera madre, a quien nunca he conocido. ¿Podría averiguar qué ha sucedido con ese teléfono?

La operadora aceptó, pero cuando llamó al número de contacto, una mujer le informó que la señorita Gray nunca se había casado, así que debía de haber un error. Sorprendida por mi propia osadía, le pedí:

—Por favor, ¿le importaría llamar de nuevo? Dígale que tal vez la señorita Gray nunca se casó, pero ¡yo estoy aquí! Dígale que la persona que busco nació el 9 de julio de 1914 en Greenoch, Escocia.

Fue así como llegué a Betty, la amiga de Margaret Mclntyre Gray. Me dijo que la señorita Gray se enfermó durante el verano y había dejado su apartamento para vivir en una residencia para enfermos. Por extraño que parezca, Betty no la visitaba desde hacía tres semanas y pensaba ir aquella misma tarde.

Al día siguiente, Betty me llamó.

—Pues bien, tienes suerte —me dijo—. Se lo comenté a Maggie personalmente y ella te reconoció de inmediato. Pero prepárate: no desea verte.

Estaba desolada. Sabía que me darían la visa al día siguiente y volaría a casa el domingo. Quizá cuando estuviera de regreso en los Estados Unidos todo esto quedase atrás.

Para mi sorpresa, cuando al día siguiente llegué al consulado, la ineficiencia burocrática había demorado mi visa y me dijeron que tendría que permanecer en Toronto tres semanas más. Tres semanas en la misma ciudad donde se encontraba mi madre, a quien había buscado durante tanto tiempo, y no tenía oportunidad de verla… ¿Cómo iba a soportar esto?

Un par de días después, sonó el teléfono y contesté con desgano. Era Betty, quien apenas podía hablar por la emoción.

—¡Tu madre quiere verte el domingo a las tres de la tarde! —exclamó. Me sentí exultante de felicidad y tuve que sentarme.

Cuando llegó el domingo, estaba demasiado nerviosa para desayunar. Llegué temprano al lugar de la cita, y di dos vueltas a la manzana. Entonces la vi… una mujer mayor, de pequeña estatura, vestida de verde, y con abundante cabello suave color miel.

—Hola, querida —me dijo, acentuando con fuerza las vocales como lo hacen los escoceses. Me tomó por los hombros y me besó en la mejilla. Luego nos miramos por primera vez en cuarenta y seis años.

Entramos y comenzó a jugar a “te muestro y me dices” con un álbum de fotografías. Yo la miraba continuamente, para ver si tenía su nariz, sus manos. Pero lo que me transmitió aquel día fue su espíritu, el sentimiento general que me causó. No me llevó mucho tiempo saber que me agradaba.

Pasaron las tres semanas; veía a mi madre casi todos los días. Eran momentos preciosos para ambas.

Cuando finalmente obtuve la visa, fui a despedirme.

—Sabes, querida —me confesó—, deseaba quedarme contigo, realmente lo quería, pero no pensaba que fuese posible.

Le aseguré que todo estaba bien y conseguí desprenderme de ella para regresar a casa.

—Recuerda que tú eres mi “buba” —me dijo cuando yo me iba. Llegué a la puerta y me volví para enviarle un saludo con la mano. Ella levantó la suya en un gesto majestuoso, diciéndome adiós.

Mi madre ingresó a terapia intensiva en el Hospital General de Toronto sólo tres semanas después, luchando una batalla perdida contra la neumonía. Volé de regreso a Toronto para visitarla. Cuando entré a su habitación, advertí de inmediato que tenía un papel sobre el pecho. Era la carta que yo le había enviado, agradeciéndole que me hubiera dado la vida. Murió al día siguiente.

Sue West

 

Conexión

 

Mi madre y yo estamos profundamente conectadas por una extraordinaria capacidad de comunicarnos en silencio.

Catorce años atrás, yo vivía en Evansville, Indiana, a mil doscientos kilómetros de distancia de mi madre… mi confidente y mi mejor amiga. Una mañana, me encontraba en un sereno estado de contemplación cuando sentí de repente la urgente necesidad de llamarla y preguntarle si estaba bien. En un primer momento, vacilé. Como mi madre es maestra de cuarto grado, llamarla a las cinco y cuarto de la madrugada podría alterar su rutina y hacer que llegara tarde al trabajo. Pero de todas maneras, algo me impulsó a hacerlo. Hablamos durante tres minutos, y me aseguró que se encontraba bien y sin dificultades.

Al rato, sonó el teléfono: era mi madre, para decirme que la llamada de la madrugada probablemente le había salvado la vida. Si hubiese salido de casa tres minutos antes, tal vez habría sido afectada por un grave accidente en la ruta, en el que murieron varias personas y otras muchas resultaron heridas.

Hace ocho años, descubrí que esperaba mi primer hijo.

Debía nacer el 15 de marzo. Le dije al médico que era demasiado pronto. La fecha de nacimiento del bebé debía ser entre el 29 de marzo y el 3 de abril, pues ésta era la época en que mi madre tenía sus vacaciones de Pascuas en la escuela, y yo, desde luego, deseaba que estuviera conmigo. El médico insistió, sin embargo, en que la fecha prevista era a mediados de marzo. Me limité a sonreír. Reid nació el 30 de marzo. Mamá llegó el 31.

Hace seis años, quedé embarazada otra vez. El médico dijo que el bebé nacería a fines de marzo. Le dije que esta vez tendría que adelantarse, porque —ya lo han adivinado-mamá tenía vacaciones a comienzos de ese mes. El doctor y yo nos sonreímos. Breanne nació el 8 de marzo.

Dos años atrás, mamá luchaba contra el cáncer. Con el tiempo perdió su energía, su apetito, su capacidad de hablar. Después de pasar un fin de semana con ella en Carolina del Norte, tuve que prepararme para volar de regreso al Oeste.

Me arrodillé al lado de su cama y le tomé la mano. —Mamá, si puedo, ¿deseas que regrese? —le pregunté. Sus ojos se abrieron mientras intentaba asentir con la cabeza.

Dos días después recibí una llamada de mi padrastro. Mi madre estaba muriendo. Los miembros de la familia se habían reunido para los últimos ritos. Me conectaron con un parlante para que pudiera escuchar el servicio.

Aquella noche hice lo posible por enviar una amorosa despedida a mi madre a la distancia. A la mañana siguiente, empero, sonó el teléfono. Mi madre aún vivía, pero estaba en coma y se esperaba que muriera en cualquier momento. No lo hizo. Ni aquel día ni al día siguiente. Tampoco al siguiente. Cada mañana, recibía la misma llamada: podía morirse en cualquier momento. Pero no sucedía. Y cada día se agravaban mi dolor y mi tristeza.

Después de cuatro semanas, finalmente comprendí:

mamá me estaba esperando. Me había comunicado su deseo de que yo regresara si podía. Antes no podía hacerlo, pero ahora sí. Hice las reservas de inmediato.

A las cinco de la tarde me encontraba a su lado, abrazándola. Todavía estaba en coma, pero le susurré:

—Estoy aquí, mamá. Puedes irte. Gracias por esperarme.

Puedes irte.

Murió pocas horas después.

Creo que cuando una conexión es tan profunda y poderosa, vive por siempre en un lugar que está más allá de las palabras y es indescriptiblemente bella. A pesar del dolor que me causó la pérdida, no cambiaría la belleza y el poder de esa conexión por nada en el mundo.

Susan B. Wilson

 

Sobre dar a luz

 

Cuando nace un niño, nace una abuela.

Judith Levy

 

Hay algo que decir acerca de dejar una parte de sí en la forma de un hijo. Veintisiete años atrás contemplé por primera vez a mi hija, cuando la colocaron sobre mi vientre, con el cordón umbilical aún en mi cuerpo. Me miró y sus pequeños ojos parecían infinitos. Presencié un pedazo de mí tendido allí y, sin embargo, era tan extraña y maravillosamente única.

Hoy estoy a su lado, secando el sudor de su rostro y recordándole que debe concentrarse en los movimientos de parto de su propio cuerpo, en lugar de concentrarse en el dolor y el temor.

Siempre la ha aterrorizado el dolor. No obstante, ha rechazado todas las drogas… y está dispuesta a poner en práctica su determinación de dar a luz a su bebé como lo quiere la naturaleza, como lo hizo la serie interminable de sus antepasadas.

Siglos de pujar, prepararse, suspirar… y luego, la hija de mi hija es colocada sobre el pecho de su madre y mira a su madre a los ojos. El Gran Misterio me bendice de nuevo, me permite ver a mi nieta, aquella parte de mí que entrará al futuro y moldeará a su vez a su propia hija, mi bisnieta.

Kay Cordell Whitaker

 

 

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