Reflexiones para el Día de las Madres

1. Las pinzas para el cabello

 

Cuando tenía siete años, escuché a mi madre decir a una de sus amigas que cumpliría treinta años al día siguiente. Pensé dos cosas cuando la escuché: primera, que nunca antes había advertido el cumpleaños de mi madre; y, segunda, que no recordaba que ella hubiera recibido nunca un regalo de cumpleaños.

Pues bien, podría hacer algo al respecto. Mi dirigí a mi habitación, abrí mi alcancía y tomé todo el dinero que tenía adentro: cinco monedas de cinco centavos, que representaban cinco semanas de mesada. Caminé entonces hasta la pequeña tienda al lado de mi casa y le dije al dueño, el señor Sawyer, que deseaba comprar un regalo de cumpleaños para mi madre.

Me enseñó todo lo que había en su tienda por un valor de veinticinco centavos. Había varias figuritas de cerámica que a mi madre le hubieran encantado, pero ya tenía muchísimas y era yo quien debía limpiarlas una vez a la semana; definitivamente no sería eso. Había también unas cajas de caramelos pero mi madre era diabética, así que tampoco serían apropiadas.

Lo último que me enseñó el señor Sawyer fue un

paquete de pinzas para el cabello. Mi madre tenía un hermoso cabello negro y largo, y dos veces a la semana se lo lavaba y rizaba con pinzas. Cuando las retiraba al día siguiente, parecía una actriz de cine con sus bucles largos y oscuros cayendo en cascada sobre sus hombros. Decidí entonces que aquellas pinzas serían el regalo perfecto para mi madre. Le entregué al señor Sawyer mis veinticinco centavos, y él me dio las pinzas.

Las llevé a casa y las empaqué en una página llena de colores vivos de las tiras cómicas del domingo (no tenía dinero para el papel de regalo). A la mañana siguiente, cuando mi familia se encontraba en la mesa del desayuno, me dirigí a mi madre, le entregué el paquete y le dije: “¡Feliz cumpleaños, mamita!”

Mi madre permaneció muda de asombro algunos momentos. Luego, con lágrimas en los ojos, rompió la envoltura, y cuando llegó a las pinzas para el cabello, estaba sollozando.

“¡Lo siento, mamita!—me disculpé—. No deseaba hacerte llorar. Sólo quería que tuvieras un feliz cumpleaños”.

“¡Oh, cariño, estoy feliz!”, me dijo. Miré sus ojos y vi que sonreía a través de las lágrimas. “¿Sabes que éste es el primer regalo de cumpleaños que he recibido en toda mi vida?”, exclamó.

Luego me besó en la mejilla y me dijo: “Gracias, cariño.” Se volvió hacia mi hermana y le dijo: “¡Mira, Linda me trajo un regalo de cumpleaños!” Después se volvió hacia mis hermanos y les dijo: “¡Miren, Linda me trajo un regalo de cumpleaños!” Y se volvió hacia mi padre y le dijo: “¡Mira,

Linda me trajo un regalo de cumpleaños!”

Y luego fue a lavarse el cabello para sujetarlo con sus pinzas nuevas.

Cuando salió de la habitación, mi padre me dijo que cuando era niño, en su hogar no acostumbraban a dar regalos de cumpleaños a los adultos sino sólo a los niños pequeños, y que la familia de mi madre era tan pobre, que ni siquiera eso hacían. Y agregó: “Al ver cuan feliz has hecho a tu madre hoy, me has hecho pensar acerca de esto de otra manera. Lo que quiero decir, Linda, es que creo que has sentado un precedente aquí”.

Y, en efecto, senté un precedente. Después de esto, cada año mamá se veía abrumada de regalos el día de su cumpleaños por parte de cada miembro de la familia. Y, desde luego, cuanto más crecíamos los niños, más dinero teníamos y eran mejores los regalos que recibía. A los veinticinco años, yo ya le había regalado un equipo de música, un televisor en colores y un horno de microondas (el cual decidió cambiar por una aspiradora).

Cuando cumplió cincuenta años, mis hermanos y yo reunimos dinero y le compramos algo espectacular: un anillo de perla, rodeada de diamantes. Cuando mi hermano mayor le entregó aquel anillo en la fiesta que habíamos hecho en su honor, abrió la caja de terciopelo y zijó la mirada en la joya. Luego sonrió y mostró el estuche para que los invitados pudieran apreciar aquel obsequio especiaL y dijo: “¿No son maravillosos mis hijos?” Luego pasó el anillo de mano en mano, y fue emocionante escuchar el suspiro colectivo que se extendió como una ola por todo el salón.

Me quedé en casa para ayudar en la limpieza cuando los invitados se marcharon. Estaba lavando los platos en la cocina cuando escuché la conversación que sostenían mis padres en la habitación contigua. “Bueno, Pauline—dijo mi padre—, qué belleza de anillo el que tienes. Creo que es el mejor regalo de cumpleaños que has recibido jamás”.

Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando escuché la respuesta de mi madre. “Ted—dijo suavemente—, es un anillo precioso; no puedo negarlo. Pero el mejor regalo de cumpleaños que haya recibido jamás fue un paquete de pinzas para el cabello”.

Linda Goodman

2. “Aprieta mi mano y te diré que te amo”

 

¿Recuerdas cuando eras niño y te caías y te lastimabas? ¿Recuerdas qué hacía tu madre para aliviar el dolor? Mi madre, Grace Rose, me alzaba, me llevaba a su cama, me sentaba allí y besaba mi “ayayay”. Luego se sentaba a mi lado, tomaba mi mano entre las suyas y decía: “Cuando duela, aprieta mi mano y te diré que te amo”. Una y otra vez apretaba su mano, y cada vez, sin falta, escuchaba las palabras: “Mary, te amo”.

En ocasiones fingía que me había lastimado sólo para practicar aquel rito con ella. Cuando crecí, el rito cambió, pero mi madre encontró siempre la manera de mitigar el dolor y aumentar la alegría que yo sentía en cualquier aspecto de mi vida. Durante los días difíciles de la secundaria, tenía siempre una barra de chocolate con almendras cuando yo regresaba a casa. Después de los veinte años, llamaba a menudo invitándome para que compartiéramos un almuerzo informal en el parque y celebráramos simplemente la calidez y la hermosura de un día cualquiera. Una nota de agradecimiento llegaba en el correo después de cada visita que hacían ella y mi padre a mi casa, recordándome que yo era muy especial para ella.

Pero el rito más memorable seguía siendo aquel que practicábamos cuando yo era niña y ella sostenía mi mano y decía: “Cuando duela, aprieta mi mano y te diré que te amo”.

Cuando me aproximaba a los cuarenta años, mis padres habían estado en casa una noche y a la mañana siguiente recibí una llamada de mi padre en el trabajo. Él siempre era asertivo y claro en sus instrucciones, pero esta vez sentí pánico y confusión en su voz. “Mary, algo le ocurre a tu madre y no sé qué hacer. Por favor, ven en cuanto puedas”.

Los diez minutos que tardé en llegar a casa de mis padres me llenaron de temor. No sabía qué le había sucedido a mi madre. Cuando llegué, encontré a mi padre paseando de arriba abajo en la cocina y a mamá en cama. Tenía los ojos cerrados y las manos sobre el estómago. La llamé, tratando de mantener mi voz lo más serena posible. “Mamá, estoy aquí”.

“¿Mary?” “Sí, mamá”.

“Mary, ¿eres tú?” “Sí mamá, soy yo”.

No estaba preparada para la pregunta siguiente, y cuando la escuché me paralicé, sin saber qué responder. “Mary, ¿voy a morir?”

Las lágrimas se agolparon dentro de mí al contemplar a mi amorosa madre reclinada allí, tan indefensa.

Pensé con rapidez, hasta que se me ocurrió preguntarme qué diría mamá en una circunstancia como ésta.

Hice una pausa que pareció durar un millón de años, esperando que fluyeran de mi boca las palabras: “Mamá, no sé si vas a morir, pero si tiene que ser así, está bien. Te amo”. Llena de angustia, exclamó: “Mary, me duele tanto”.

De nuevo, me pregunté qué debería decir. Me senté a su lado en la cama, tomé su mano y me escuché diciéndole: “Mamá, cuando duela, aprieta mi mano y te diré que te amo”.

Apretó mi mano.

“Mamá, te amo”.

Muchos apretones de mano y “te amo” compartimos mi madre y yo durante los dos años siguientes, hasta que murió de cáncer del ovario. Nunca sabremos cuándo llegará nuestro hora, pero sé que cuando suceda, con quien quiera que esté, le ofreceré el dulce rito de mi madre cada vez:

“Cuando duela, aprieta mi mano y te diré que te amo”.

 

Mary Marcdante

 

3. En los genes

 

Una joven llamada Mary dio a luz a su primer hijo, y como su esposo estaba de servicio en el ejército pasó un par de semanas después del parto en casa de sus padres.

Un día, Mary le comentó a su madre que le sorprendía el cabello rojizo de su hijo, pues tanto ella como su esposo eran rubios.

“Pues bien, Mary—respondió su madre—, debes recordar que tu padre tiene el cabello rojo”.

“Pero mamá—respondió Mary—, eso no importa porque yo soy adoptada”.

Con una sonrisa, mamá dijo las palabras más bellas que jamás yo haya escuchado: “Siempre lo olvido”.

 

 

The Best of Bits & Pieces

4. “Yo nací dos veces”

 

Antes de que fueras concebido, te deseaba Antes de que nacieras, te amaba Antes de que tuvieras una hora de nacido, hubiera muerto por ti Este es el milagro del amor.

Maureen Hawkins

 

Mamá siempre está allí cuando la necesitas. Ayuda, protege, escucha, aconseja y alimenta física y moralmente. Se asegura de que su familia sea amada veinticuatro horas al día, siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año. Al menos así es como yo recuerdo a mi madre, los pocos años maravillosos que tuve la suerte de estar con ella. Pero no hay palabras que describan el sacrificio que hizo por amor a mí, su joven hijo.

Yo tenía diecinueve años cuando me conducían a un campo de concentración con un grupo grande de otros judíos. Era evidente que estábamos destinados a morir. De repente, mi madre ingresó en el grupo y cambió de puesto conmigo. Aun cuando esto sucedió hace más de cincuenta años, nunca olvidaré las últimas palabras que

me dirigió mi su mirada de despedida.

“Ya he vivido suficiente. Debes sobrevivir porque eres muy joven”, dijo.

La mayoría de los niños nace sólo una vez. Yo nací dos veces—de la misma madre.

Joseph C. Rosenbaum

 

5. La puerta sin cerrojo

 

Cuando eras pequeño

Y estabas muy cerca de mí Te cubría contra el frío de la noche. Pero ahora que eres grande Y estás fuera de mi alcance junto las manos

Y te cubro con una oración.

Mother’s covers de Dona Maddux Cooper

 

En Glasgow, Escocia, una joven, como muchos de los adolescentes de hoy, se cansó de su hogar y de las restricciones que le imponían sus padres. Así mismo, rechazaba el estilo de vida religiosa de su familia, y dijo: “No quiero a su Dios. Renuncio. ¡Me marcho!”

Dejó su hogar, decidida a convertirse en una mujer de mundo. Poco después, sin embargo, estaba en la miseria y no conseguía un empleo. Se dedicó entonces a recorrer las calles para vender su cuerpo como prostituta. Transcurrieron los años, su padre murió, su madre envejeció y ella se aferraba cada vez más a su modo de vida.

No hubo ningún contacto entre madre e hija durante aquellos años. La madre, al enterarse de dónde vivía su hija, se dirigió a aquella sección abandonada de la ciudad en busca de ella. Se detenía en cada una de las misiones de socorro con una sencilla petición. “¿Me permite fijar esta fotografía en la cartelera?” Era una fotografía de la madre, sonriendo y con los cabellos grises, con un mensaje escrito a mano en la parte inferior: “No he dejado de amarte … ¡regresa a casa!”

Transcurrieron algunos meses y no sucedió nada. Un día, la hija entró en una de las misiones de rescate para recibir una comida que necesitaba con urgencia. Se sentó distraídamente a escuchar el oficio religioso, mientras dejaba que su mirada errara por la cartelera de anuncios. Allí vio la fotografía y pensó: ¿Podría ser mi madre?

Sin poderse contener hasta que terminara el sermón, se puso de pie y fue a mirar de cerca el anuncio. Era de su madre y contenía aquellas palabras: “No he dejado de amarte .. .¡regresa a casa! De pie, frente al retrato, lloró de emoción, pues no podía creer que algo tan maravilloso le pudiera suceder a ella.

Ya era de noche, pero se sintió tan conmovida por el mensaje que comenzó a caminar hacia su hogar. Llegó a la madrugada. Sentía temor y avanzaba tímidamente, sin saber realmente qué hacer. Cuando llamó a la puerta, esta se abrió de par en par. Pensó que algún ladrón había entrado antes. Preocupada por la seguridad de su madre, corrió hacia su habitación y la encontró dormida. La sacudió para despertarla y le dijo: “¡Soy yo, soy yo, estoy en casa!”

La madre no podía creer lo que veía. Se secó las lágrimas y se estrecharon en un fuerte abrazo. La hija le dijo: “¡Estaba tan preocupada! La puerta estaba abierta y pensé que había entrado un ladrón”.

La madre respondió dulcemente: “No, cariño. Desde el día que te marchaste, la puerta nunca ha tenido cerrojo”.

 

Roben Strand

 

6. “Para leer a solas”

 

Cuando yo tenía trece años, mi familia se había mudado al sur de California del norte de la Florida un año antes. La adolescencia me había golpeado fuertemente. Me mostraba enojado y rebelde, y prestaba muy poca atención a lo que decían mis padres, en especial si se refería a mí. Como tantos adolescentes, luchaba por evadir todo aquello que no concordara con la imagen que tenía del mundo. Al creerme un joven “brillante que no necesitaba consejos”, rechazaba toda manifestación abierta de cariño. De hecho, me enojaba al escuchar la palabra amor.

Una noche, después de un día especialmente difícil, me encerré enojado en mi habitación y me fui a la cama. Mientras yacía allí en la intimidad de mi dormitorio, mis manos se deslizaron debajo de la almohada. Encontré un sobre que decía, “Para leer a solas”.

Puesto que estaba a solas, nadie sabría si lo leería o no, así que lo abrí. Decía: “Mike, sé que tu vida es difícil ahora, sé que te sientes frustrado y que no siempre hacemos las cosas bien. También sé que te amo con toda el alma y que nada de lo que digas o hagas podrá cambiar eso. Estaré siempre a tu lado por si necesitas hablar, y si no, no te

preocupes. Sólo quiero que sepas saber que no importa a dónde vayas o lo que hagas en tu vida, siempre te amaré y me sentiré orgullosa de que seas mi hijo. Estaré siempre contigo y te quiero—eso nunca cambiará. Con amor, Mamá”. Esa fue la primera de varias cartas “para leer a solas”. Nunca se mencionaron hasta que fui adulto.

Hoy en día viajo por todo el mundo ayudando a la gente. Al final de un día que me encontraba en Sarasota, Florida, dando un seminario, una dama se me acercó para confiarme los problemas que tenía con su hijo. Caminamos por la playa y le conté acerca del eterno amor de mi madre y de las cartas “para leer a solas”. Varias semanas después recibí una tarjeta en la que me decía que le había escrito su primera carta a su hijo.

Aquella noche, cuando me fui a la cama, puse mis manos debajo de la almohada y recordé el alivio que sentía cada vez que recibía una carta. En mis años turbulentos de adolescencia, las cartas eran el testimonio de que me amarían por lo que era, no por lo que hiciera. Justo antes de quedarme dormido, agradecí a Dios que mi madre supiera lo que yo, un adolescente rebelde, necesitaba.

Hoy, cuando hay tempestades en los mares de la vida, tengo la certeza de que bajo mi almohada existirá siempre aquel testimonio de que el amor—constante, perdurable, incondicional—transforma la vida.

 

Mike Staver

 

7. Cuentos de ajo

 

Cuando recuerdo a mi madre, la veo en la cocina fabricando algún potente remedio. No sabía leer ni escribir pero en su mente atesoraba miles de años de sabiduría popular campesina. Creía que Mala-ha-muvis, el ángel de la muerte, trataba siempre de atarearnos con enfermedades infantiles. No podría vencer de ninguna manera a mi madre y sus pociones. El único problema para nosotros era que ¡todos sus remedios apestaban a ajo!

“Toma, haz gárgaras con esto y pásalo”.

“Pero mamá—protestaba—es ajo con otras cosas. Tendré mal aliento”.

“¿Y qué? Tienes la garganta irritada. Haz lo que te digo. Mala-ha-muvis tampoco resiste el olor”.

Desde luego, al día siguiente, habían desaparecido los síntomas. Siempre era así. Compresas de ajo molido para la fiebre. Cataplasmas de ajo, clavos y pimienta para el resfriado o el dolor de muela. Mientras que algunas familias tenían el aroma de un delicioso jabón, nosotros olíamos siempre a estofado.

Con cada dosis de antibióticos hechos en casa, mamá susurraba cánticos secretos para alejar el mal de ojo, mientras escuchábamos los sonidos místicos e intentábamos adivinar qué significaban. Aun cuando todo esto pueda parecer excesivamente supersticioso, muchísimas familias de nuestro barrio eran así, si bien con un giro étnico diferente. Mi amigo Ricci tenía bolsas de té cargadas de “medicina” de hierbas italianas cosidas a sus camisas—¡qué olor! Y mi amigo griego, Steve, tenía bolsas de tabaco ocultas en todo el cuerpo. “Amuletos para la buena suerte”, decía.

Mucho antes de los milagros de la medicina moderna, todos los miembros de nuestra diversa comunidad tenían sus propias curas. ¿Puede imaginar a treinta y cinco niños hacinados en un aula, con aquellos aromas curativos flotando en el aire? ¡Dios, qué olor! Ese olor desesperaba a nuestra profesora de quinto grado, la señorita Harrison. A menudo se le llenaban los ojos de lágrimas—por el olor o la frustración, nunca lo supe.

“Díganles a sus madres que dejen de frotarlos con ajo-gritaba, llevándose con delicadeza su pañuelo de encaje a la nariz—. No resisto ese olor, ¿comprenden lo que digo?”

Al parecer, la señorita Harrison no pertenecía a un grupo étnico que aprobara la medicina popular. Nosotros no olíamos nada que nos alterara.

Pero cuando llegó la epidemia de polio y mi madre enfrentó con energía a su enemigo Mala-ha-muvis, yo no resistía el olor de sus armas secretas. Cada uno de nosotros recibió tres bolsas de lino llenas de ajo, alcanfor y sabe Dios qué, para llevarlas atadas alrededor del cuello. Esta vez, la señorita Harrison propuso una tregua con sus olorosos alumnos y se limitó a abrir las ventanas un poco más. Y, desde luego, mamá hizo retroceder al intruso; ninguno de nosotros se contagió de la temible enfermedad.

Sólo una vez le falló a mamá su artillería. Mi hermano Harry se contagió de difteria y esta vez la cura de ajo no surtió efecto. Se vio obligada entonces a sacar otro truco de la manga. Harry se ahogaba cuando, de repente, mamá nos dijo que rezáramos en voz alta por la vida de David.

“¿Quién es David, mamá?”, preguntamos.

“Ese es David, el que está en la cama”.

“No, mamá, ese es Harry”. Pensamos que había perdido la cabeza.

Nos asió y dijo en voz alta: “Ese es David, ¿entienden?” Luego, en un susurro, nos explicó: “Engañaremos al Mala-ha-muvis. Si cree que es David, dejará en paz a nuestro Harry. Hablen muy fuerte cuando yo se lo diga”.

Escuchamos intensamente mientras le hablaba al ángel de la muerte.

“Mala-ha-muvis, escúchame. Te has equivocado de niño. Es David quien está en la cama. No hay ningún Harry en esta casa. ¡Vete, deja en paz a David! ¡Has cometido un error!”

Luego nos indicó que debíamos intervenir y todos comenzamos a gritar en coro: “¡Mala-ha-muvis, es cierto, es cierto! No tenemos ningún hermano Harry. Este es nuestro hermano David. ¡Es David, Mala-ha-muvis!”

Mientras rogábamos por la vida de nuestro hermano, mamá cantaba en una combinación de yiddish y de todas las otras lenguas que recordaba de su pasado. Una y otra vez, repetía sus cánticos. Durante toda la noche, nosotros, tres pequeñas almas atemorizadas, permanecimos despiertos, alegando el caso de falsa identidad ante el ángel de la muerte.

David sobrevivió. Es correcto—dije David. Desde aquel día, el nombre de Harry desapareció para siempre de nuestro pequeño universo. ¿Supersticiones? ¿Por qué arriesgarse?

Con el paso del tiempo todos crecimos, abandonamos nuestras viviendas y nos educamos. Mama dejó—en alguna medida—de practicar la medicina. Luego, cuando

yo tenía cuarenta y siete años, sufrí un infarto. La enfermera tenía una mirada de alivio cuando la primera visita de mamá terminó y salió de la habitación del hospital.

“¡Qué olor! ¿Es ajo?”, preguntó la enfermera. Yo, desde luego, no olía nada. Pero cuando toqué debajo de la almohada, allí estaban: tres bolsas de lino en una cuerda, llenas de ajo, alcanfor y otras cosas.

 

 

Mike Lipstock

 

8. El visitante de medianoche

 

Crecí en una aldea rural en la época en la que el teléfono era un milagro y los automóviles no eran prácticos y no podían transitar por las carreteras enlodadas del campo. Era la época antes de que la Depresión se convirtiera en una realidad, cuando apenas había suficiente para todos y cuando sólo se podía contar con la buena voluntad de los vecinos. Recuerdo una noche aciaga:

La tormenta de comienzos de octubre y la oscurecida noche se agolpaban contra la ventana; el viento y la lluvia se mezclaban en ruidosa turbulencia. Los truenos llenaban nuestra pequeña cabaña en la mitad de Arkansas, en lo profundo del campo. En su interior, la tormenta parecía incluso mitigar la luz de la lámpara de queroseno que se encontraba sobre la mesa de la sala.

Siendo una niña inquieta de nueve años, estaba segura de que la casa saldría volando en cualquier momento. Papá había viajado hacia el norte en busca de trabajo, y yo me sentía más vulnerable de lo que admitía. Mamá, en cambio, permanecía tranquila y en paz, remendando su ropa “para que sirviera otro invierno”.

“Mamá, necesitas ropa nueva”, dije, tratando de

entablar una conversación. En noches como ésta, necesitaba el alivio que nos brinda el sonido apacible de la voz humana.

Me abrazó. “Tú necesitas ropa mejor, porque vas a la escuela”.

“Pero ni siquiera tienes un sobretodo para el invierno”.

“Dios prometió suplir nuestras necesidades, y cumplirá su promesa, no cuando se lo exijamos, sino cuando lo considere conveniente. Todo estará bien”.

Envidiaba su fe obstinada, que se adaptaba a cualquier circunstancia, especialmente en noches como esta.

Una ráfaga de viento bajó por la chimenea y esparció los carbones en el fogón. “¿Podemos poner cerrojo a las puertas esta noche?”, le pregunté.

Mamá sonrió, mientras tomaba la pequeña pala y regaba cenizas sobre los carbones encendidos. “Edith, no podemos encerrarnos para que no entre la tormenta. Y sabes que no ponemos cerrojo en las puertas—tampoco lo hacen los vecinos—, especialmente en noches como esta, cuando alguien puede necesitar protegerse de la tormenta”.

Tomó la lámpara de la mesa y se dirigió a su habitación. Yo la seguí inmediatamente.

Me arropó en la cama, pero antes de que pudiera quitarse su bata acolchada, el ruido de la puerta de entrada que se abría estrepitosamente con una ráfaga de viento trajo el clamor de la lluvia y de objetos que volaban por el salón. Súbitamente, la puerta se cerró de un golpe.

No todo ese ruido era viento y trueno. Mamá tomó la lámpara y se dispuso a regresar a la sala. Yo temía ir con ella, pero temía más no hacerlo.

En un comienzo, lo único que pudimos ver fue el contenido del canasto de costura esparcido por el suelo. Luego nuestros ojos siguieron las huellas de unas botas enlodadas sobre el piso de pino, desde la puerta hasta la silla que se encontraba frente a la chimenea.

Un hombre empapado, desgreñado, pequeño y grueso, que llevaba un traje oscuro y cubierto de barro, se había instalado en la silla. Su aliento apestaba. Su mano izquierda sostenía todavía débilmente una lata retorcida.

“¡Mamá, es el señor Hall!”

Mamá se limitó a asentir mientras recogía con la pala los carbones sepultados en la chimenea, limpiaba las cenizas sueltas, llevaba los carbones al horno de leña de la cocina y los cubría con nuestra rica provisión de pino de la mañana. Me ordenó: “Yo haré el café. Tú aviva el fuego para que nuestro invitado se caliente y se seque”. “Pero mamá, ¡está ebrio!”

“Sí, tan ebrio que entró en nuestra casa, creyendo probablemente que era la suya”.

Pero la suya está un cuarto de milla más abajo”.

“Jovencita, el señor Hall no es un borrachín. No sé qué le habrá ocurrido hoy, pero es una persona muy decente”.

Sabía que el señor Hall se encontraba con alguien en la carretera todos los lunes en la mañana, y luego se dirigía a su pequeña sastrería en Little Rock, donde trabajaba largas horas toda la semana. Todos los sábados en la tarde regresaba cojeando a casa, apoyado en su bastón.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, mamá susurró: “Debe sentirse muy solo a veces”.

Mientras permanecía en el umbral de la puerta de la cocina, se me ocurrió decirle a mamá qué pensaría la gente del señor Hall si lo vieran así, embriagado. “La gente nunca debe saberlo. ¿Me entiendes?” “Sí, mamá”.

Mientras rugía la tormenta, mamá le trajo al señor Hall un tazón de café negro, hirviendo. Sostuvo su cabeza y lo persuadió de que bebiera el café, sorbo a sorbo. El tazón estaba casi vacío cuando abrió los ojos lo suficiente para reconocernos.

“Señora Un’wood. . . ”

“Sí, señor Hall. Pronto se sentirá bien”.

Cuando mamá llevó el tazón a la cocina, el señor Hall consiguió apoyarse en su bastón, dejar el cobertor a medio doblar sobre la silla y salir a la tormenta que amainaba. Lo vimos caminar con poco aplomo hacia la puerta; algunos de los rayos restantes iluminaban su camino.

“Creo que ahora nuestro invitado puede valerse por sí mismo”.

“Mamá, ¿por qué le dices nuestro invitado?—pregunté—. Es sólo nuestro vecino. No lo invitamos”.

“Un invitado es cualquier persona que entra en nuestra casa en paz. En cuanto a ser nuestro vecino, ¿recuerdas quién es el prójimo en el relato del Buen Samaritano?” “El hombre que ayudó al forastero”.

“Ves, al ser nuestro invitado, aun cuando sin intención, se nos dio la oportunidad de ser el prójimo del señor Hall”.

Pocas semanas después, cuando regresamos de la iglesia, hallamos una bolsa de papel sobre la mesa, rotulada “Señora Underwood”.

“Probablemente es aquel patrón para el vestido que la señora Chiles prometió prestarme. Tiene una hija de tu tamaño. Ábrelo si quieres”, dijo mamá, mientras se dirigía a su habitación a cambiarse de ropa.

Abrí la bolsa. “¡Oh, no, mamá!—exclamé—. ¡Es un

sobretodo para tí, y es muy bello!”

Mamá regresó a mirar la prenda que yo sostenía en las manos. Casi tentativamente, se volvió e introdujo el brazo derecho, y luego el izquierdo, en las mangas. En aquel momento, yo no sabía que estaba aprendiendo el verdadero sentido de la vecindad. Lo único que sabía era que cuando mamá se probó aquel sobretodo de invierno, le quedó perfectamente.

Edith Dean

 

9. ¿Estás bien, mamá?

 

Me encontraba sumida en mis pensamientos, trabajando en un informe importante, cuando escuché el teléfono. ¿Por qué ahora?, pensé con frustración, mientras la niñera me decía que mi hijo de dos años no se sentía bien. “Jordán no se porta como de costumbre—dijo—. No tiene fiebre, pero está aletargado”.

Durante el largo viaje de regreso a casa, me tranquilicé y mis pensamientos se centraron en Jordán. Recordé la sorpresa que tuve al saber que estaba embarazada. Cuando crecí, estaba convencida de que nunca desearía tener hijos. Y en aquella época tampoco enamorarme de un padre soltero con dos hijas.

Después de cinco años de matrimonio, disfruto cada vez más ser una madrastra. Era un papel que me iba bien, gracias a mis nuevas hijas. Pero recuerdo que estaba preocupada acerca de cómo reaccionarían ante la noticia del nuevo bebé, pues finalmente se sentían seguras. Al recordar su respuesta, reí. Las niñas me habían llevado al baño, lejos de su padre, para manifestar su única preocupación: “¿Eso significa que tú y papá tuvieron relaciones sexuales?”

Siete meses más tarde, después de veintidós horas de

trabajo de parto, finalmente pudimos ver a Jordán por primera vez. Con un apellido como Pérez, no esperábamos a un pequeño de cabellos rojos, pero eso fue lo que obtuvimos. Un niño precioso, sano, de ojos tan oscuros que parecían negros.

“Es parte de todos nosotros”, dijo Val, nuestra hija mayor, mientras contemplaba amorosamente a su nuevo hermanito. “Nos une a todos”.

Mi ensoñación se interrumpió cuando llegué a mi casa y entré corriendo. Jordán estaba dormido, pero su respiración era agitada y estaba húmedo por la transpiración. Lo alcé, lo coloqué en el asiento del auto y me dirigí al médico.

Mientras conducía, dividía mi tiempo entre mirar el camino y mirar a Jordán. La niñera estaba en lo cierto, no actuaba como solía hacerlo. Había despertado y me miraba con ojos tristes y cansados.

Varias calles antes de llegar al consultorio del médico, me volví para mirarlo de nuevo. Vi que sus labios comenzaban a temblar, cada vez más rápido. Poco después me atemoricé al ver espuma en su boca. Todo su cuerpo temblaba incontrolablemente y sus ojos se volvieron hacia atrás. Luego, tan rápidamente como había comenzado, el ataque terminó y Jordán se desplomó en la silla.

En pánico, pasé dos semáforos en rojo y entré a toda velocidad en el estacionamiento. Cuando lo saqué del auto, Jordán estaba desmayado con la mirada inerte y no respiraba.

“¡Está muy mal!”, exclamé corriendo hacia el edificio. El médico, alertado por mis gritos, me recibió en la sala de espera y tomó a Jordán de mis brazos. Le tocó el cuello para encontrar el pulsó y pidió a la enfermera que llamara a los paramédicos mientras iniciaba los procedimientos de reanimación. Otra enfermera me detenía en el pasillo, mientras escuchaba impotente cómo trataban de revivir a mi hijo.

“Vamos, bebé—rogaba alguien—. Regresa”.

“No puedo coger línea”, decía otro con desesperación. No podía creer lo que estaba sucediendo. Estaba tan confundida y aterrada de perder a mi hijo. Deseaba estar con Jordán. Deseaba tomar su mano, besarlo y decirle que todo estaría bien. Me sentía tan atemorizada, tan descontrolada.

Para cuando llegaron los paramédicos, Jordán aún no respiraba. Trataron de estabilizarlo durante algunos minutos y luego lo llevaron apresuradamente en una camilla.

“Lo tenemos conectado a un respirador artificial”, explicó un paramédico, mientras me conducía a la ambulancia. “Su hijo no puede respirar por sí mismo, así que lo haremos por él”.

Mi esposo se reunió conmigo en una sala de espera privada del hospital. Cuando se puso de rodillas y sollozó en mi regazo, me di cuenta de que nunca antes lo había visto llorar. Una enfermera entró y amablemente nos preguntó si deseábamos llamar a nuestro pastor. “¡No!—exclamó angustiado mi esposo—¡Se pondrá bien!”

Finalmente, una hora después se nos permitió ver a Jordán. Mi indomable niño se veía tan pequeño y frágil, conectado a miles de tubos y temblando todavía. El ataque había comenzado de nuevo, en cuanto lo revivieron.

El médico de urgencias estaba evidentemente frustrado. “Lo único que puedo decirles es que Jordán está muy enfermo. Le hemos dado la dosis más alta de fenobarbital, pero todavía convulsiona”.

Pasó otra hora eterna. Jordán se estabilizó y fue trasladado a un hospital pediátrico. Todavía estaba conectado al respirador artificial, pero las convulsiones habían cesado.

Los exámenes no mostraban nada anormal. La médula espinal era normal. No había aún una explicación para el grave ataque que Jordán había sufrido y nada que nos pudiera decir si la falta de oxígeno le había causado un daño cerebral.

A mi esposo y a mí se nos permitió permanecer con él en la unidad de cuidados intensivos. Yo sostenía la mano de Jordán, lo besaba y le decía que todo estaría bien. Más tarde, mientras nuestro pastor y los miembros de la familia oraban en la sala de espera, Jordán tosió y arrojó el tubo de oxígeno y respiró solo por primera vez desde que comenzó el ataque.

A la mañana siguiente, cuando por fin abrió los ojos, mi esposo y yo no sabíamos qué esperar. El daño cerebral era una posibilidad, pero estábamos convencidos de que podríamos soportar cualquier cosa. Lo único que no podíamos resistir era perderlo.

Todavía bajo los efectos de los medicamentos, Jordán intentó enfocar la mirada. Yo sabía que si nos reconocía, todo estaría bien. Lentamente, nos miró a mi esposo y a mí. Cuando nos tendió los brazos y susurró débilmente, “Mamita. Papi”, rompí a llorar.

Al ver mis lágrimas, Jordán, soñoliento, preguntó: “¿Estás bien, mamá?”

Me abrumó su preocupación. Después de pasar la mayor parte de las últimas veinticuatro horas luchando por su vida, mi precioso bebé de dos años estaba preocupado por mí.

“Oh sí, cariño—respondí, mientras acariciaba dulcemente su mejilla—. Estoy muy, muy bien”.

Han transcurrido seis meses desde entonces, y Jordán se ha recuperado por completo. Ya no duermo en el piso de su habitación y no siento la necesidad de vigilar todos sus movimientos. Nunca supimos qué le causó ese ataque. Pudo ser una infección viral, o quizás un cambio súbito de temperatura en el organismo. Por esta incertidumbre, Jordán debe tomar medicamentos anticonvulsivos por lo menos durante dos años.

Anoche miraba a Jordán jugar fútbol con sus hermanas y su padre en el jardín, y pensé, como suelo hacerlo, qué

cerca estuvimos de perderlo. El balón rebotó hasta el lugar donde yo me encontraba, y Jordán corrió tras él. Cuando le entregué el balón, advirtió las lágrimas en mis ojos. Puso su diminuta mano sobre mi rodilla y preguntó: “¿Estás bien, mamá?”

“Oh sí, cariño—respondí sonriendo y abrazándolo fuerte—. Estoy muy, muy bien”.

Christine Pérez

 

Moviendo montañas

 

Había dos tribus guerreras en los Andes, una que vivía en el valle y otra en lo más alto de las montañas. Un día los habitantes de las montañas invadieron las tierras del valle y, como parte del saqueo, raptaron a un bebé de una de las familias del valle.

Los habitantes del valle no sabían cómo subir a la cima de la montaña. No conocían los senderos que utilizaban los habitantes de ese lugar, ni sabían dónde encontrarlos o cómo perseguirlos en el escarpado terreno.

Aun así, enviaron a sus mejores guerreros a escalar la montaña y traer al bebé de regreso.

Los hombres ensayaron un método de escalar y luego otro. Probaron una trocha y luego otra. Sin embargo, después de varios días de esfuerzos sólo habían conseguido avanzar unos pocos metros.

Desesperanzados e impotentes, los hombres del valle decidieron que su causa estaba perdida y se prepararon para regresar a su aldea.

Mientras empacaban sus equipos para descender, vieron a la madre del bebé que bajaba de la montaña y llevaba a su bebé a la espalda. ¿Cómo era posible?

Uno de los hombres la saludó y le dijo:” ¿Cómo pudiste escalar esta montaña si nosotros, los hombres más fuertes y capaces de la aldea, no lo conseguimos?”

Se encogió de hombros y respondió: “Es que el bebé no era tuyo”.

 

Jim Stovall

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