Aborto por malformación – Aborto Eugenésico

EL ABORTO Y SUS CONSECUENCIAS CUESTIONES DE BIOÉTICA

ÁNGEL PEÑA O.A.R.

Es el que se realiza para evitar que el niño nazca con alguna malformación. Hoy es muy común hacerse pruebas durante el embarazo con el fin de ver el estado de salud del feto y poder detectar alguna posible enfermedad o malformación y así poder abortar cuanto antes. En algunos países se está haciendo ya obligatoria está práctica en vista a evitar el nacimiento de niños enfermos que son una carga para sus padres y para el Estado.

 

A este propósito la Congregación para la doctrina de la fe publicó en 1987 la Instrucción Donum vitae, en la cual se dice: El diagnóstico prenatal es lícito, si los métodos utilizados con el consentimiento de los padres, debidamente informados, salvaguardan la vida e integridad del embrión y de su madre sin exponerles a riesgos desproporcionados. Pero se opondrá gravemente a la ley moral, cuando contempla la posibilidad, en dependencia de los resultados, de provocar un aborto.

 

El renombrado constitucionalista brasileño Celso Bastos, en una entrevista a la revista Catolicismo, dijo: Participé en una discusión en la que un médico, dueño de diversas clínicas, defendía el aborto. Él decía que con un aparato de ultrasonidos se puede conocer con un 80% de certeza si el feto sufre de mongolismo, en cuyo caso podría ser abortado. Le pregunté, ya que admitía un 20% de inseguridad: ¿Por qué no dejar nacer a la criatura y matarla después? Así tendríamos un 100% de certeza. Él no tuvo respuesta y se irritó.

 

Hay diferentes métodos de diagnóstico prenatal. La ecografía, realizada hacia la vigésima semana, puede detectar el 95% de anomalías o malformaciones, pero se dan muchos errores de mala interpretación, debidos a la falta de preparación de los operadores. Sin embargo, es la técnica más aceptable, porque no se han detectado riesgos importantes. Otros métodos de diagnóstico tienen mayores riesgos de aborto y habría que evitarlos a toda costa. La amniocentesis o prueba del líquido amniótico tiene un riesgo de aborto del 1%, si se hace en época tardía, pero si se hace entre las 11 y 12 semanas, o antes, el riesgo se eleva al 5%.

 

La embrioscopia tiene un riesgo de aborto de 8 a 9%. La fetoscopía, realizada alrededor de la semana 18, tiene un riesgo que supera el 6%. Y todas las técnicas que exigen extraer células, tejidos o sangre fetales, son arriesgadas y con un mayor tanto por ciento de abortos. Por ello, hay que desecharlas.

 

El problema es que ninguna de las técnicas actuales son fiables al 100% y con frecuencia los médicos han aconsejado el aborto por haber supuesto que había malformaciones o enfermedades que no existían.

 

En Italia ocurrió un hecho muy lamentable que causó polémica a nivel mundial. Una mujer recurrió al aborto de su hijo de 22 semanas, porque según el diagnóstico médico tenía una malformación. En las cuatro ecografías que le habían hecho en el hospital Careggi de Florencia el año 2007 se manifestaba una malformación congénita según la cual el esófago y el tubo digestivo no tenían continuidad; pero, al abortarlo, comprobaron que todo había sido falso. ¿Cuántos niños habrán tenido que morir por falsos diagnósticos o por haberse realizado esa prueba sin necesidad?

 

El problema de fondo es si ese niño, aunque nazca enfermo, es un ser humano y tiene derecho a la vida o no.

Uno de los casos más frecuentes para esta clase de abortos es el síndrome de Down. Muchos padres no pueden aceptar un niño así y tratan de eliminarlo por cualquier medio, antes o después del nacimiento. Sin embargo, estos niños, que necesitan mucho amor, son para sus familias una fuente inmensa de bendiciones y de alegrías. Así me lo decía mi amigo Carlos Ávila, que tiene once hijos y el último es precisamente Down. Me aseguraba: Este último hijo ha sido una bendición para toda la familia y todos lo queremos mucho y lo ayudamos en todo.

El famoso rey del aborto, Bernard Nathanson, contaba esta anécdota: Cuando estuve con mi esposa en Nueva Zelanda, almorzamos cierto día con sir Wiliams Lilley, que es el más importante fetólogo del mundo, y nos contó que habían tenido cuatro hijos que ya eran mayores, y, al quedar solo el matrimonio, adoptaron un niño Down. Pues bien, este señor nos dijo que ese hijo mongólico les había proporcionado más satisfacciones que cualquiera de los otros cuatro hijos de su matrimonio[1].

 

Una madre de 27 años de Avilés, España, deficiente mental, estaba embarazada de seis meses y sus padres pensaron que el niño nacería también con deficiencia mental. Sus padres acudieron para que le hicieran el aborto, pero la Clínica no aceptó por haberse pasado el tiempo legal. Los padres acudieron al juzgado para que autorizara el aborto. Este fue un caso emblemático en toda España. Los defensores de la vida ya le habían puesto nombre: Pelayo, si era hombre; y Covadonga, si era mujer. Hubo cientos de peticiones a la fiscalía, implorando por la vida del niño. Muchas familias se comprometían a adoptarlo. Además, el riesgo del aborto era mayor que el de un parto normal o por cesárea. Sin embargo, el juez dictó sentencia favorable al aborto y Pelayo murió. Había sido uno de los niños más queridos y deseados de toda España en 2004. Su injusta muerte sirvió para sacudir muchas conciencias dormidas.

 

Un caso hermoso, que ocurrió en Estados Unidos, fue el de Samuel, a quien detectaron espina bífida y pudieron curarlo, operándolo en el seno materno. El doctor Joseph Brunner operó a Samuel Alexander Armas, un feto de 21 semanas, que tenía una malformación llamada espina bífida. En estos casos la columna vertebral se queda abierta y la médula espinal se daña, por lo cual la persona normalmente se queda inválida. Su madre, Julie, una enfermera de 27 años, había tenido dos abortos espontáneos antes de quedar embarazada de Samuel. A las 14 semanas de gestación empezó a sufrir de calambres y la ecografía mostró las anomalías del bebé. Desecharon la opción de abortar y solicitaron la ayuda del doctor Brunner.

 

La operación fetal se realizó con total éxito. Lo excepcional y hermoso de este caso es que un fotógrafo, presente en la operación, captó una imagen de la mano de Samuel, saliendo fuera del vientre de su madre y agarrando fuertemente el dedo del doctor Brunner. La foto, titulada The Samuel´s first shake-hands (el primer apretón de manos de Samuel) dio la vuelta al mundo.

[1]  Nathanson Bernard, Aborto, ¿derecho de la mujer?, Ed. Salesiana, Lima, 1987, p. 15.

 

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